ALLÍ VA LA VIDA

Autor : Jorge Giles

Capitulo XVI

Algunos de los torturados habían sido devueltos a las celdas y arrojados allí, en un rincón, semivivos o semimuertos.

Cuando iban cesando las corridas y continuaba ese ruido a golpe seco de los bastones, pegando cruel contra una espalda.

Contra un estómago.

Contra una cabeza.

Contra un pecho desarmado y huérfano de todo.

Apenas se escuchó un hilo de voz del correntino Yedro, abogado de los trabajadores rurales chaqueños, que clamaba desde el suelo:

-No me peguen más.

En medio de la estampida, el agente Maidana entra al baño, arrastra al detenido Díaz, lo pone bajo el chorro de agua de la canilla y le dice morboso:

-Vení, vamos a pasear.

Y lo arrastra sobre una frazada por delante de las dos primeras celdas como para que nadie tenga dudas de que esa noche era todita de ellos, los nuevos inquisidores, los derechos y los humanos lacayos de la dictadura.

Lucho Díaz ya no estaba allí, ya no se movía, ya no respondía de otra manera que no fuera con su sangre tiñendo la frazada, pintando el piso desde su boca, desde su nariz, desde sus oídos. Aun en ese estado, los carceleros hundieron sus botas en la cabeza del prisionero casi muerto.

Maidana tiró a Díaz en un rincón y acompañó a Vitorello y Álvarez a controlar  que nadie espiara desde  su celda lo que estaban faenando en el comedor.

-Maidana  -gritó el oficial Ayala.

-Si, señor.

-Tenga listo el llavero que en un rato llevamos a todos a  la guardia.

-A la orden, señor.

 

Algunos presos habían quedado inmóviles en el comedor y otros fueron arrastrados hasta las celdas.

 

Los verdugos jadeaban, cansados de tanto trabajo. Desde el pabellón se los escuchaba cuando entraban al baño a lavarse la transpiración. La sangre que derramaron jamás se la sacarán de encima. Allí se escuchó al "llavero" Pájaro Roldán, un alfeñique de cuarta, un cobarde uniformado que a voz en cuello se jactaba del castigo que acababa de propinar al Pato Tierno:

-¿Vieron cómo le di al gorila ese? ¡Mierda que es grandote!, pero lo sacudí de lo lindo...

Lo que no decía este asesino es que el grandote compañero estaba esposado y encadenado.

 

Otro caso fue el del sargento ayudante Ramos que, dicen, empezó a vomitaren las primeras horas de la noche del 12, y pidió permiso para retirarse temprano de la Alcaidía.

-Hasta aquí llego yo -dijo y se volvió a su casa.

Pasadas las tres de la mañana, se escuchan encender nuevamente los vehículos gasoleros que esperaban afuera. Lo que esta vez no se escuchó ni se vio fue el helicóptero militar que sobrevoló Margarita Belén en los días anteriores, como eligiendo el lugar de la Masacre.

Decía que pasadas las tres de la mañana del 13 de diciembre, Ayala da la orden de llevar a los detenidos hasta la guardia.

Y allí van. Casi vivos. Casi muertos.

Algunos, pocos, caminan por sus propios medios.

Otros, son empujados desde los brazos, por los verdugos.

Pero están los que son arrastrados de los pelos por el largo pasillo, y el dolor ahoga el grito del preso que los ve desde su celda y se muerde las manos hasta sangrar para no soltar la queja en medio de la contradictoria sensación de querer que también se lo lleven a él junto a sus compañeros.

Como allá adelante, en la guardia, están esperando los hombres del Ejercito, palabra mayor, los agentes penitenciarios se sienten actuando en el Colón y no se les ocurre nada mejor o nada peor que, en el camino, los presos reciban nuevos golpes y castigos varios.

Como para que esos milicos sepan que los penitenciarios también sabemos combatir.

Simultáneamente, los oficiales Ayala y Rodríguez Valiente escriben a maquina, con un solo dedo, la certificación de entrega de los prisioneros para ser trasladados a la Unidad Nº 10 de Formosa.

-Me presento, Sr. Mayor, soy el oficial Ayala.

-Mucho gusto, oficial, soy el mayor Athos Renés.

-Mayor, aquí le hago entrega de toda la documentación pertinente, las respectivas comunicaciones  y los efectos de valor para ser trasladados a Formosa.

-Gracias, oficial -dijo lacónico Renés y pasó a chequear la documentación junto al teniente Pateta.

El jefe de la Alcaidía inspector mayor Núñez intervenía sin intervenir. Como queriendo desprenderse urgente de la situación, de los presos, de los militares. No vayan a querer matarlos aquí adentro que se me amotina el penal, llévenlos a otro lado, pero aquí no.

Se dice que desde La Liguria, o desde la Séptima Brigada de Infantería en Corrientes, el general Cristino Nicolaides manitoreaba todo el operativo militar, requiriendo detalles y dando ordenes al teniente coronel Hornos, Jefe de Destacamento de Inteligencia 124, a cargo directo de la planificación, coordinación, dirección y ejecución del plan de eliminación física de los "enemigos" presos.

En la calle, frente a la Alcaidía, aguardaban con los motores en marcha, al menos dos camiones pertenecientes, presumiblemente, a la Compañía de Comunicaciones Nº 7, un Mercedes Benz 1114 y un Unimog 416. También esperaban los vehículos que servirían para armar el argumento de la farsa del enfrentamiento entre militares y guerrilleros.

un Peugeot 504, blanco, modelo 1972,

una camioneta Chevrolet,

un Renault 12, modelo 1971,

una Ford F 100.

En estos vehículos serían ejecutados luego nuestro compañeros presos.

Se dice que del ejercito participaron directamente:

Jorge Larrateguy, Jefe del Área 233 Guarnición Militar 7,

 Horacio Losito,

Germán Riquelme,

Guillermo Reyes,

Athos Renés,

Rafael Sabo,

Norberto Toso,

Luis Alberto Pateta,

Ernesto Simoni,

Aldo Martínez Segón.

Se dijo también que del Grupo de Artillería Nº 7 participaron los oficiales capitán Bianchi y el capitán Rampulla.

Se dijo también que del Destacamento de Inteligencia participaron oficiales y suboficiales como Carnero, Bertoli, Romero Pavón y los auxiliares civiles de inteligencia: Valussi y Edgardo Eugenio Vicente.

Se dice que el personal policial estuvo representado por el comisario general Carlos Alcides Thomas y los argentos Gabino Manader y José María Cardozo.

Conduciendo los vehículos supuestamente subversivos se instalaron suboficiales y civiles del ejercito.

El convoy arrancó desde la Alcaidía y el inspector Núñez suspiró aliviado. Avanzaron hasta la ruta 11 y enfilaron la caravana como si fueran hacia el norte, hacia Formosa, hacia la sangre.

Se dice que unos kilómetros antes de llegar al destino fijado por los altos mandos, el convoy se detuvo para soltar la furia de los criminales y avisar con toda violencia que el final estaba a la vuelta de la próxima curva. En esa parada se habrían violado a las prisioneras y castrado a tres prisioneros. Era el último ablande. Habían ingresado a ese terreno que los asesinos de la peor laya suelen describir como sin retorno, como si no alcanzara con el disparo final, sino que ingresan al crimen pasándole primero la lengua, manoseando la vida, humillando y negando la condición humana.

Reanudan la marcha borrachos de sangre.

-Aquí es el lugar -decían los que conducían el operativo.

-Señores, esto es Margarita Belén.

-Corten la ruta, vamos, rápido.

-Usted allá.

-Usted acá.

-Vamos suboficial, más rápido.

-Coloquen a Sala acá en el Peugeot, acá al volante, ¡¿ acaso no es un jefe montonero?!

-Coloquen a estos con él en el mismo auto. Los otros allá.

-A estos no, déjenlos acá, que luego los haremos correr un poco, así jugamos al tiro al blanco.

-¿Está todo listo?

-Listo, Señor.

 

-Escúchenme camaradas, acá nos jugamos todos, ¿eh? Así que a la orden de "fuego" disparamos todos, ¿entendido?

-¿Entendido, señor!

-¿Mas fuerte carajo!

-¡¡Entendido, señor!!

-Recuerden que esto lo hacemos por Dios y por la Patria

¡Viva la Patria!

¡Viva!

¡Mueran los subversivos y el sucio trapo rojo!

Apunten... ¡Fuego...!

¡Fuego...!

¡Fuego...!

Suelten a esos prisioneros.

Vamos corran, hijos de puta, corran les digo.

¡Fuego...!

¡Fuego...!

 

La balacera espantó todos los pájaro del Chaco, espanto la vida, espantó al lagarto que corrió a esconderse, espantó al tatú, espanto al caballo que desde un campo cercano largó un relincho como de espanto, como de homenaje, como de vergüenza.

Se dice que Pateta disparó con una Itaka destrozándole la cabeza a Néstor Sala. Desde una distancia e cuarenta metros agotaron las municiones de las diferentes armas que habrían llevado para montar la farsa de la fuga. Unos sesenta tiros de fusiles Fal impactaron sobre el Peugeot y sus cuatro ocupantes.

Desde la 6 y 30 hasta las 7 de la mañana aproximadamente se escucharon los disparos.

La muerte había ganado otra batalla desigual.

Señores, nos ponemos de pie.

Aplausos para estos bravos soldados que lucharon con la picana en la mano, violando, castrando, torturando, asesinando.

Y uno que tiene el corazoncito patrio, piensa y sueña, que lindo hubiese sido que desde el monte, al costado de la ruta, un ejercito de pobres hubiese saltado contra los asesinos, liberando  a los compañeros y ajusticiando a estos criminales y que al frente de ese ejecito popular estuviese el general San Martín, asistido por Güemes, por Belgrano, por Artigas, por Moreno, por Castelli por Dorrego, por los gauchos que pusieron cadenas al río para impedir que la flota imperial avanzara en la Vuelta de Obligado y agarraran las cadenas y las revolearan contra los milicos y policías que ahora estaban  masacrando a prisioneros maniatados y malheridos.

Los masacrados también habrán soñado en el último segundo de vida.

Los masacrados aún siguen soñando su propia muerte.